Por qué creé AmiAmor
El año pasado entré en la clínica veterinaria con Bouboule en brazos. Salí solo, un cuarto de hora después.
Ronroneaba. Hasta el último momento, pegado a mí, ronroneó, como lo había hecho durante 16 años, como si todo fuera bien. Luego todo se detuvo. Ese silencio, después del ronroneo, me retorció de dolor. Creo que lo oiré siempre.
Me marché con los brazos vacíos, con una pena cuya existencia ni sospechaba. De camino a casa, habría querido gritárselo al mundo entero: decirle a todos que acababa de perder a alguien a quien quería. Porque eso era: alguien. Pero no lo hice. Todavía no sé muy bien por qué. Como si la pena que sentimos por un animal debiera quedarse discreta, casi escondida.
Así que me la guardé. Y era demasiado pesada para llevarla solo.
Lo que habría querido, en aquel momento, era un lugar solo para él. Un lugar donde escribir su nombre, dejar su foto, conservar un rastro de él y de todo lo que había representado. Un lugar donde siguiera existiendo en algún sitio que no fuera solo mi memoria. Me habría gustado que las pocas personas que lo habían conocido y querido —aquellas que sabía que no me juzgarían— pudieran dejar unas palabras, un recuerdo. No a la vista de todos en las redes sociales. Solo ahí, en un rincón de calma que sería suyo.
Ese lugar no existía. Así que lo creé para él.
AmiAmor se convirtió en eso: un lugar para quienes han amado a un animal hasta el punto de querer que su memoria les sobreviva. Un lugar donde dejar un nombre, una foto, unas palabras. Donde encender una vela que vela. Donde invitar a quienes comprenden, manteniendo a distancia a quienes no comprenderían.
No tuve este lugar para Bouboule a tiempo. Pero gracias a él existe hoy, para el tuyo.